La voz de las horas oscuras

 Reseña de Jesús Salazar P.

“Se llevaron al hijo de importante Gerente en Lima”, “Querían al tío, pero dijeron mejor llevarse al chibolo”, “Han pedido 300 000 mil dólares: ¿hasta cuándo, señores?”, “Lima los repudia: liberen a Raúl”. Titulares de diarios. Yo los imagino al leer La voz de las horas oscuras, la primera novela publicada por Bruno Nassi Perich y ambientada, precisamente, a inicios de los 2000; años en que la capital amanecía, de forma escandalosa, con titulares que anunciaban secuestros al paso, de suma crueldad y de cuantiosas exigencias; años en que los escolares colgábamos cintas de colores expresando solidaridad y rechazo; años en que los expertos salían a dar recomendaciones para evitar ser víctimas de peligrosos hampones y para garantizar que los chicos regresásemos a salvo del colegio; años en los que se inserta el secuestro del personaje “Raúl”, un escolar que intentó ir a su escuela sin éxito una mañana común. Esta novela, concebida y anotada en esos años adolescentes para su joven autor, que se nutrió de esa realidad circundante, plasma un retrato panorámico de esta terrible situación social, en relación con otras problemáticas, en especial, los años de terrorismo. Eran los años en que los peruanos nos enfrentábamos a los testimonios de las víctimas de la violencia interna, en que oíamos de pueblos arrasados, de familias truncadas y de personas que perdieron todo: los años de la presentación del informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

Raúl vive en un mundo aparentemente feliz, pero que en el fondo es una atmósfera rutinaria y llena de superficialidades, aunque quizá con la excepción del profundo vínculo que tiene con su hermana. Encuentra un sentido en el natural, para su edad, enamoramiento escolar que siente hacia una compañera- de quien hasta el narrador opina que es guapa- hasta que esa vida típica y adolescente se quiebra cuando la banda conformada por un hampón apodado “Cholo” lo secuestra, luego de haber planificado minuciosamente la manera en que se llevaría a cabo el hecho, enredando a empleados y policías, evidenciando la crisis de la corrupción en la sociedad y las instituciones nacionales. Los familiares de Raúl viven en medio de la desesperación, el inicio de una crisis familiar que revela vacíos en la relación entre sus padres. Pero también, este es el escenario en el que los delincuentes que organizaron el secuestro nos cuenten a nosotros, los lectores, sobre la vida misma que llevaron, aquellos hechos que desembocaron en su actual actividad y que son tangentes de la suerte del chico. Uno de ellos, el “Becerro” explica como una sociedad oprimida y olvidada de los andes peruanos además tuvo que soportar el avance progresivo, del que fue testigo, del accionar terrorista que dirigió Sendero Luminoso. El “Becerro” en parte no tuvo opción en esta maraña de mala suerte y en el fondo, por esa razón, no es un delincuente muy convencido. Otro personaje atravesado por esta realidad es Julia, una mujer que ha padecido mucho en la vida marital e incluso sufre la pérdida de su hijo, por culpa del terrorismo y que por causas que el lector irá advirtiendo a lo largo de la diseminación informativa de los diálogos y el progresivo encadenamiento, será la persona que cuida a Raúl durante su terrible secuestro. A pesar de que hasta el último se muestra ingenua y pusilánime, ella es la que toma una decisión determinante, es la única que al final no duda. No precisaré qué dice en medio de todas las voces, pues no quiero interferir con el desarrollo progreso del conflicto de una novela que exige los lectores seamos muy participativos y comprensivos con lo que vamos descubriendo.

Esta novela, de este modo apuesta por una narrativa que juega con los tiempos, con flashback, con concatenaciones que evidencian un trabajo técnico elaborado para representar la realidad de modo más palpable. Por ello, la mayoría de estos personajes están ávidos de hablar en este universo ficcional. Los personajes se presentan solos, casi monológicamente: el encierro y la soledad, es lo que permite a los personajes de esta historia ahondar en lo que fueron. La novela propone de este modo, la necesidad, luego de la crudeza, de preguntarnos qué somos y qué fuimos, como si detrás de esas preguntas estuviese la posibilidad de acariciar una solución. La novela no plantea ninguna en particular, pero sí la mirada firme en la libertad, en el no saber por dónde empezar a preguntarse por la nueva vida que ya tiene fracturas. Por ello, es importante que los personajes hablen por sí mismos y que la voz del narrador no sea la hegemónica, sino una más que nos ubica naturalmente en el presente. Las referencias encadenadas de la historia que se encuentra enmarcada en las “horas oscuras”, en una novela que abunda en detalles sensoriales de “oscuridad” si la extendemos un poco y la entendemos como carencia de percepción sensorial. El famoso “algodón con alcohol” que es el límite de la conciencia y que se le da a las madres en la historia, el tacto indeciso de Raúl al no poder ver en el baño de su encierro, su reticencia a comer, el no decir de la hermana al descubrir una lamentable verdad que tiene una causa más profunda que no puede advertir, son algunos factores que contribuyen a construir la oscuridad en que estos personajes tienen que percibir sus desgracias particulares. La voz de las horas oscuras, por eso, es un título que no se preocupa por recoger un hecho principal en sí y que debe entenderse como la metáfora de la realidad en que se inscriben sus personajes; es decir, este título realmente engloba una oscuridad total que tiene la intención de acercar al lector no a un hecho, sino a la vida misma, a la representación de la totalidad, de la novela total. Esta novela, de esta manera, es un paciente ejercicio de la búsqueda por la novela total. Quizá, por ello, se pueda decir, funcionalmente, que el secuestro de Raúl es necesario. Raúl está para escuchar y para contar de su mundo. Todos hablan, por el secuestro hablan y al final casi podemos olvidarnos del secuestro y como Raúl, sentarnos a escuchar y preguntarnos; además de pensar, en un plano más abstracto, que detrás del hecho narrativo hay más, mucho más, pero que en las naturales limitaciones del lenguaje tienen un coto en la plasmación verbal. La voz de las horas oscuras es, en suma, una sinfonía de causalidades que ve más allá del simple hecho y deja espacio para todos, en la que el protagonista parece ser el que escucha.

Y a modo personal, para terminar, puedo decir que la novela permite recordar el sabor de la década pasada, recientemente ida, desenmascarando su aparente quietud: nos recuerda su propia relevancia como capítulo transitorio de la historia peruana.

Jesús Salazar P.